Dentro de los conceptos mas obtusos de mi mente, existe una
bestia, una conexión con lo antiguo, un alma vieja, que busca lo épico, lo
puro. He pasado gran parte de mi vida investigando esa misma vida que he
pasado. He sufrido la sed del desierto, un desierto de arena negra, sin
principios ni finales, donde he buscado y dejado de buscar, quizás de buscarte.
Todo lo que paso en mis historia, tanto tragedias como
euforias, las horas de desolación y las de búsqueda, los espejismos del
desierto y el sabor de la arena, las pequeñas glorias y los horrores
derrotados. Todas esas fuerzas entrópicas, anárquicas, casuales y causales,
lograron un vector resultante que te señala a vos.
Te señalan como una brisa fresca bajo el ala de algún ave.
Te señalan como el fluir del agua en el filo de un remo. Me hacen
interpretarte, como una sutileza, una perfección que va mas allá de toda mi
comprensión. Con niveles de complejidad metafísica, que desembocan en una
pureza sencilla y que me paraliza, sin poder hacer ningún juicio de valor,
sobre qué y cómo sos. Tus infinitas virtudes que me fascinan, y tus miedos que
me enternecen, tu templanza que despierta mi mas profunda lealtad, tus palabras
con una sabiduría intrínseca, enraizada en una bondad sin límites, en un deseo
de paz que no hace otra cosa que calmar mi bestia interna, como una música que
se desata dentro mío con solo pensarte.
La mañana que me di cuenta que hacía ya muchas mañanas que
me despertaba con tu nombre y tu imagen fijos en varias partes de mi mente, supe que me había enamorado de vos. La tarde que me di cuenta todo lo que
digo hoy, entendí que te amo.