Estoy obligado a definirlo, a interpretarlo, a buscarlo. Es tan silencioso, tan latente, que se hace difícil. Para mi, y para cualquier humano. La complejidad del miedo reside en la confusión que dicta la experiencia, pero que se enarbola a un sinfín de calamitosas resultantes.
Pero si tomo el camino inverso, y miro para atrás, y hacia adentro, bien adentro, veo que es el origen, la semilla de todas estas reacciones en cadena.
Todo esto hace que vea, en una de esas epifanías completamente sedientas de epica, pero mediocres al fin, que el miedo, es el ancestro del sentimiento, y el padre mismo de la emocion, que como buen padre, protege y resiste y sofoca y mata, y ama. Sus hijas la ira, la envidia, la estimulacion y la pasión. Su hijo prodigo que es el odio, y su hijastro el amor. Su amante es la razón, con quien engaña a la verdad.
Es irrevocable, es intrínseco, pero es ausente. El asesino en las sombras que también es el guardián de la torre. Pero esto es falaz, porque no tiene símbolos, pero compensa con una hueste, una armada de terribles y hermosas mascaras. Entran entonces al algoritmo viejas doctrinas, que indican como menester el enfrentamiento, el estoque y la vivencia.
La idea de dejar de vivirlo (al miedo), es la más frecuente. El miedo al miedo mismo. Se eleva por encima de las mascaras, de la realidad, de la verdad, de la pasión y la euforia y las ganas de vivir. Se transforma en vacio, en un desierto dimensional y atroz, se asocia todo a esta pulsión, se llega a insospechados niveles de desapego, cinismo, y vacuidad. Se pierde el norte, el arriba y el abajo. En el vacio eterno, cualquier punto es igual a todos los puntos. Entonces se llega a ese instante, donde la quietud y la velocidad se ven a los ojos, y sospechan estar frente al espejo. Quietud, aislamiento, abulia, desapego, ataraxia….vacio.
La respuesta, quizás la única respuesta, es la espada. Sin disolver, sin rebajar, sin eludir. Degustar el miedo en su infinito espectro: miedo al sufrir, miedo al perder, miedo al querer, miedo al rechazar, miedo al quedarse solo y al agotarse de amor, miedo al trascender y a la mediocridad, miedo al descubrirse y miedo al ofuscarse. Sumergirse en este mar de vacilaciones, de sorpresas, de confusiones. Impregnarse del sufrimiento que producen, y entender que ese sufrimiento, no es un símbolo, no es un nombre, no es un concepto o un impulso nervioso o interpretación de la mente. Es una señal; la de estar vivos.
Entonces, entre la arena negra del vacío, una brisa de esperanza quita el polvo de nuestras pestanas. Nos indica un camino, sentimos una dirección, un vector a seguir, un punto de referencia. Seguramente ese camino nos lleve a una jungla, o tanto mejor, un laberinto, como los de Borges, con una entrada y una salida, galerías, recovecos, esperanzas, falsos finales, dinteles, mas miedos, balcones, escaladas, obsesiones, un centro, un terrible minotauro, el delirio de ser Teseo y las estrategias de la perfecta Ariadna. Todo, en prospectiva, es preferible al desierto.
El miedo, y sobre todo el miedo al dolor, es parte nuestra, es trágico, hermoso, e inexorable. Es deber, entonces, amar el dolor que nos causa enfrentar el miedo, y degollar el miedo al dolor. Y cuando este apremie, se endurezca y se haga terrible, y use las más pavorosas mascaras. Cuando suponemos el sufrimiento tan insoportable y torturante que la sola idea de aproximarnos a él nos quema como la más furiosa de las piras. En ese momento, tomar la espada, y darnos cuenta, que en este campo de batalla, si todavía sentimos dolor, es señal que todavía respiramos, todavía estamos vivos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario